IAWN
- Año
- 2022 - 2023
- Tipo
- SERIE
- Técnica
- Imagen digital. Copia en papel Fujifilm Mil Puntos 250 g.
- Formato
- 131 unidades de 6 × 6 cm
- Fotografías
- 131
Conocí a Ricardo en la bulla de una fiesta, de una forma confusa (los dos huíamos de los paparazzi). Y de pronto me lo encontré allí, mil años después. Había cambiado, pero no. Me recordó lo que nos reímos aquel día (el de la huida) y me confesó que no paraba de bostezar por culpa de la exposición.
Los dos volvimos a reírnos pero yo, además, empecé a mirar. No lo había hecho antes, pensé… Entonces dejé de verlo, se hizo invisible, había desaparecido.
Texto de Mercedes Espiau, publicado en La Mínima n.º 1 («El bostezo»), junio de 2023. Editorial El Mosqueo.
Me concentré en la expo, muchas letras, mucha gente, algún que otro bostezo, ambientazo. De repente me encontré con un bostezo pegado en la pared, la foto de una mujer bostezando, muy parecida a otra que acababa de pasar ante mis ojos y en la que no había reparado apenas. Pero había otra más, algo más arriba, y otra más allá, y otra, y otra. Había un montón, por todas partes, pero casi no se notaban. Parecían revolotear. Un cónclave de moscas más o menos revoltosas que producían un ruido visual considerable. Atrapé una al vuelo y me paré a mirarla, luego otra, y luego otra (se dejaban coger con facilidad). Eran todas iguales pero distintas. Todas bostezaban como descosidas, como el señor que estaba a mi lado en ese momento. Las solté y me puse a mirar otras cosas, pero no dejaba de verlas, aunque no las veía, pero estaban ahí. “El clamor de las moscas”, que diría Chema Cobo.
Por un momento me sentí mosca voladora y zumbona, y tuve ocasión de posarme en una de las muchas letras que había en la exposición (en concreto, en el centro de una O preciosa que no me cogía lejos). Pude ver a mis congéneres en su jubileo paroxístico emitiendo una cantidad considerable de energía (enorme para mí, mosca, pero mínima para ellos, humanos) y entonces comprendí lo infraleve, ese fabuloso (por desquiciado) concepto acuñado por El Maestro.
Era eso lo que pasaba con estos minúsculos retratos de gente bostezando, que respiraban lo infraleve por todas partes, eran la manifestación de un gesto mínimo, del aleteo pequeño y disperso pero envolvente, de su pasar desapercibido aunque no. Era el ruido de lo no visible pero posible.
“Lo posible es un infraleve. La posibilidad de que varios tubos de colores lleguen a ser un Van Gogh es la explicación concreta de lo posible como infraleve. Al implicar lo posible, al llegar a ser, el paso de lo uno a lo otro tiene lugar en lo infraleve”, leía el señor que antes bostezaba.
A estas alturas del cuento yo ya tenía la cabeza hirviendo cuando, de pronto, reapareció Ricardo.
¿Te gustan? me preguntó (yo aún no sabía que él era el autor de estas fotos). ¿Son tuyas? Le pregunté. No exactamente, dijo, son de todas, también tuyas.
¿Te gustan? Me volvió a preguntar. No sabría qué decirte, son un poco patafísicas, le solté. ¿Son retratos? No, ya no hago retratos, los retratos son siempre una impostura, me dijo…
Yo sí que me quedé patadifúsica. Ricardo hacía unos retratos fabulosos ¿y de pronto salía con esto? Sus retratos tenían algo especial, parecían tan de verdad que resultaban viejos conocidos aunque él decía siempre que no, que él (no) los conocía, ni yo tampoco. Y a estos, menos aún, estos ni existen, dijo.
¡Pero si son personas bostezando! algún momento de intimidad habrás tenido con ellas… no cualquiera bosteza ante una cámara. Pues así es, fíjate. Esta vez no ha sido una cámara, han sido las palabras. La fotografía parece verdad, pero no lo es. Los retratos parecen definir a las personas que salen en ellos, pero hablan más de quien los hace, me dijo enigmático mientras volvía a desaparecer.
Eso lo he leído yo hace un momento, dijo el señor que antes bostezaba y luego leía, y que seguía a mi lado. Está en el Instagram de Ricardo Espiau, en una foto de 2021, febrero, creo, hablando de la identidad, del encubrimiento de la identidad.
Así que eso era. Y volví a mirar despacito aquellos minúsculos pero tremendos bostezos que Ricardo había dicho que “ni existen”. Y eran raros, por más que un bostezo es una cosa normal, eran raros. Flaubert decía que si se mira algo mucho tiempo enseguida aparece su rareza. Y ahí había rareza, aunque pareciera de lo más normal. Eran muy nítidos, pero poseían un extraño (des)orden visual. Ahora entendí por qué se me vino a la cabeza lo de la patafísica, esa “ciencia de las soluciones imaginarias [que] estudiará las leyes que rigen las excepciones y explicará el universo suplementario” (Jarry dixit).
Ahora sí que me iba a estallar la cabeza. No es lo mismo ser mosca que humano, como no es lo mismo ser el Ricardo de antes, el de los paparazzi (por cierto, ¿por qué lo perseguían? nunca me lo dijo) que este de la expo. Aunque el primero seguía aún allí, con el de la expo, que de repente apareció por tercera vez aquella noche. ¿Recuerdas cuando vi la primera foto que me hiciste? Te dije: no me parezco a ella (como le dijo Gertrude a Pablo). No te pareces, pero te parecerás, me dijiste tu (como le dijo Pablo a Gertrude). En ese momento, el señor que bostezaba, leía y estaba, cómo no, a mi lado, sacó una cámara y empezó a hacernos fotos. Ricardo me miró y dijo, “otro impostor” y salimos corriendo de allí.
Al final me fui sin bostezar.